Inquebrantablemente.



 Hongos y hayas. Acabar es empezar.

En lo profundo del bosque, en el silencio inmaculado que preside Tu Casa, las cosas van sucediendo como deben, sin separarse una micra del Destino, que no es sino un nuevo origen. La voltereta es constante, eterna, inmutable. Acabar para empezar, inquebrantablemente.

En las copas de los árboles hay un parloteo constante; las segundas puestas ya han dado sus frutos y miles de pollos volanderos de las más diversas especies revuelan la espesura exigiendo sin parar su almuerzo a unos padres que imagino radicalmente estresados. Hay que recordar que el gavilán, el arrendajo o el azor están en la misma situación y otean sin descanso sus dominios en busca de presas. Acabar es empezar.

En el cielo los milanos negros han empezado a reunirse. Empiezan a sentir el profundo deseo genético de iniciar su migración. En apenas unos días, a primeros de agosto, comenzarán de nuevo su portentoso viaje hacia tierras africanas; algunos a Marruecos,  a Nigeria, a Senegal, a Togo, a Gambia…  A mediados de agosto se reunirán en grandes concentraciones de hasta sesenta mil aves en las proximidades de Gibraltar,  esperando el momento propicio para saltar hacia África. En febrero volverán a nuestros cielos. Acabar es empezar.

En el suelo los hongos saprófitos siguen trabajando sin descanso. Retornan las moléculas orgánicas a su origen inorgánico. La lignina, la celulosa, los azúcares y demás componentes de los árboles que ya murieron son transformados por los hongos en nitrógeno, en fósforo, en carbono, en agua, en definitiva, en humus, y por lo tanto en alimento para los árboles. ¿Deberíamos recordar que "humano" significa "los que vienen del humus"? Acabar es empezar.

Lo único que no sabe empezar de nuevo es la luz. La luz es el alma de todo y de todos. La luz es la fuente de donde mana toda vida. La luz es la que empuja, la que engrasa todos los ciclos, la que impulsa todos los procesos. Y la luz cae a raudales sobre los bosques en estos días de julio, días de pujanza,  días de sol vehemente, fenomenal comilona para mis hermanos los árboles. En los días de un aún lejano noviembre, cuando el sol sea un menesteroso reflejo del que hoy nos alumbra, mis hermanos los árboles tratarán de darle cuerda al amanecer, de retornar la luz que comieron, y por eso se pintarán de dorado, rememorando los amaneceres como el de hoy, soñando con volver y sabiendo que, inquebrantablemente, acabar es empezar.

Todo en silencio. Porque en el Bosque todos guardan un respetuoso minuto de silencio; un minuto que dura ya un millón de años. 

Juan Goñi.

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