La Txalaparta Infinita.





Ha llovido durante todo el día. Las goteras repiquetean en el suelo como miles de tambores sonando al unísono; tambores de tierra o de piedra, de agua, de hierba o de metal; ritmos abstrusos, incomprensibles. El paisaje entero, convertido en una txalaparta infinita.

Llueve bajo las copas de los árboles, anegadas de perlas que tiemblan aferrándose a las hojas antes de caer. Llueve sobre el rio recrecido y sobre las tejas del caserío. Llueve en mis ojos que miran tras la ventana, llueve sobre el rebaño, allí lejos, en la montaña. Llueven millones de hojas que ahora surcan los arroyos que bajan del bosque. 

Llueven sensaciones en los corazones de las gentes. Llueven castañas asadas en el tamboril sobre la enorme mesa de la cocina, rodeada de corazones en busca de calor. Y llueve sidra en los vasos, al lado, como un denso chaparrón de verano.

Llueven palabras en mi mente inquieta, sentimientos en mi alma desnuda, premios amarillos que vuelan con los vientos más allá del horizonte de mi ventana empañada.

Dormitamos mi gato y yo bajo el aguacero de minutos esta tarde de otoño. Y de pronto él se levanta y se despereza, entre ronroneos, estirando sus patitas, enseñando sus colmillos, aparentando una fiereza de la que aparentemente carece. 

En la ventana, el sol se asoma y se despide. El cielo, obscuro, predice noches largas, húmedas y frías. Acomodo mi cuerpo al sofá y me arrebujo bajo la manta cálida. Mozart y su “Misericordias Domini” retumban en mis tímpanos, y sus ecos emocionan mi espíritu. Si el Hombre consiguió alguna vez farfullar el idioma de la Naturaleza fue, sin duda, mediante la música.



Juan Goñi

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