Una Tierra que al final sonríe.



 Gaztelu, en Navarra. 
Al fondo, omnipresente, el Mendaur.

El sol brilla fuerte, viento a mi espalda, andado por el sendero escurridizo, voy silbando una vieja canción; ganas de vivir.

El campo retoma las cien mil canciones que anuncian primaveras a cada paso. Pinzones, petirrojos, mirlos, zorzales, verderones y verdecillos, currucas, jilgueros, carboneros, herrerillos…; las primeras canciones de la Tierra me acompañan desde cada matojo de árgomas, desde los espinos florecidos, desde el fresno que despierta, desde el bosque de hayas aún desnudo. Los prados verdes se colorean del amarillo desvergonzado de los dientes de león. En los lindes del camino amanecen prímulas delicadamente coloreadas. Bajo los retorcidos castaños centenarios asoman extrañas clandestinas moradas. Revolotean mariposas de mil colores, al albur de un viento apasionado que arrastra del sur a la primavera a trompicones. El tiempo pasa despacio si andas despacio.

A veces me siento como un extraterrestre que llegó a este planeta por amor, y por amor no quiere irse. No se lo digas a nadie, me tomarían por loco. Ahora que nadie me ve, me siento sobre un tronco muerto, abrigado de musgos, con un gran yesquero que asoma desde sus profundidades como una visera. Desde allí se observa el Valle, inmenso a mis pies. Los milanos y buitres, abundantes en el cielo, anuncian carroñada cerca de Artze. Un poco más allí una piara de cerdos negros descansan al sol, y media docena de caballos pastan tranquilos. Desde aquí, escucha, no se oye nada, solo a la Madre Tierra que bosteza.

El Mundo se rinde a la luz. El Reino Vegetal engulle sol a manos llenas, glotón hambriento de dulces y calor. Las aves se rinden al amor, que es rendirse a la supervivencia, y acarician las ramas de los árboles, como queriéndolos despertar a base de canciones y besos. Es mediodía y casi no hay sombras. Los colores más delicados y los seres más humildes cuchichean y susurran tu nombre en millones de idiomas, mientras pasa la mañana y nada más.

Allí abajo Gaztelu aguarda a nada, porque nada pasa que no debiera pasar. Solo el tiempo pasa a mi lado, tan despacio que intuyo sus ropajes huyendo tras cada segundo. Hoy el reloj parece que se tomó un respiro, y yo respiro primaveras por los ojos y acaricio con mis dedos un mundo que al fin sonríe. Prisionero mi corazón de tus encantos, me sumo a la algarabía y silbo; y nada más.

Juan Goñi

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