Un octillón de seres vivos.




En la foto, el que escribe, con su hijo, 
hechizados por el mar de las Rías Baixas, hace un par de años.

A los navarros nos gusta mucho el mar. No sin cierta sorna, nuestros vecinos de Gipuzkoa nos suelen calificar de “meaplayas”, porque siempre que podemos, los navarros abarrotamos las playas de Orio, de Getaria, de Hondarribia y por supuesto las de Donostia. 

Yo viví allí, en Donostia, junto al mar, durante mis lejanos pasados de estudiante. Y allí, en mis lentas horas de molicie, pasaba el tiempo perdiendo mi mirada en el interminable azul del Cantábrico. Mirar el mar, como mirar e fuego, nunca cansa, nunca aburre. Mientras tus ojos hipnotizados descansan justo bajo el horizonte, en la única línea recta que se permite la Naturaleza, tus sentimientos van y vienen, como las olas, a veces violentas y efervescentes, casi siempre apacibles, recatadas.

El Océano es inconmensurablemente grande, inconmensurablemente hermoso. Uno se da cuenta de su enormidad cuando se sumerge en él. A mí me hechiza bucear; hace años que aprendí, hace años que me zambullo en él, con mi botella de aire comprimido como mi único lazo con la atmósfera, y con mi compañero, que es en quien confío mi propia vida. Algún día me gustaría hablarte del vínculo que se establece con un compañero de buceo; alianza y amistad, nudo y ligazón que puede (y debe) salvarte la vida en caso de problemas. Bucear es lo más parecido a volar que se le permite a los hombres y mujeres; volar entre las aves del agua, que son los peces, lo pulpos… volar sobre las praderas submarinas de posidonia, los bosques de anémonas, los desiertos arenales.

Se calcula que en los océanos de la tierra convive aproximadamente un octillón de seres vivos. Un octillón es un 10 seguido de 48 ceros. Algunos de ellos enormes, como la ballena azul, el animal más grande que ha vivido nunca sobre el planeta Tierra (que debería llamarse planeta Agua). Otros, microscópicos, la mayoría de ellos. Los hay de todos los colores imaginables, de todas las formas posibles, con cualquier peculiaridad que puedas soñar: los más venenosos, los más hermosos, los más peligrosos, los más afables, los más agresivos, los más confiados, los más desconocidos, los más inteligentes, los más raros, los más numerosos…. Todos ellos viven en la disparatada enormidad del Océano. 

La biodiversidad del mar habla de magnitudes galácticas, incomprensibles para la mente humana. Pero ese es, y no otro, nuestro primer útero. Todo lo vivo, antes de andar o antes de reptar, antes de correr o antes de volar, nadó. Esta es nuestra primera cuna, mucho antes de que el Bosque se convirtiera en nuestra guardería. 

Y por todo ello me emociono delante del más bello y universal prodigio, de la más absoluta y perfecta demostración del poder de la Vida y la Naturaleza, de este asombroso crisol de belleza, por dentro y por fuera, belleza en el contenido y continente, belleza digna de pasmo y admiración que no es otra cosa que el Gran Océano, el Gran Azul.

Ya casi no podemos confiar tampoco en el mar. Tras cincuenta años de envenenamiento masivo, el mar está enfermo; enfermo de cadmio y de mercurio, de hidrocarburos, de plásticos, de residuos radioactivos… sobre todo enfermo de ignorancia y de desidia; enfermo por falta de amor, por falta de compresión y de empatía. 

¿Cabe mayor infamia que envenenar el útero materno? ¿Cabe mayor afrenta a la Vida que manchar y ensuciar el Océano? ¿Cabe mayor indecencia que mancillar tanta y tanta Belleza? 

Creo que no.

Juan Goñi

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