Perlas y esmeraldas.

 Seta sobre un tronco caído en Bertiz.

Surgen perlas desde la esmeralda perpetua del musgo, sobre el tronco rendido del gigante que cayó. Aparecen tesoros y desaparecen, porque los tesoros del bosque son efímeros, pero irrevocables. Ahora aquí, ahora allí, en cada metro cúbico del bosque, alhajas y filigranas, reliquias y adornos engalanan el rostro de la Madre, siempre perfecto, siempre  bello. Pero si es cierto que el Bosque siempre se nos muestra admirable, aún lo es más ahora, en otoño, cuando la cúpula del palacio se sonroja y enrojece. Pareciera que el árbol devuelve al Mundo la luz del verano, el fuego de las tardes de julio y de agosto. Y por eso el bosque se abrasa de colores y refulge con fuerza en estas tardes de noviembre. Las tardes se pintan de miel, como si el cielo quisiera favorecer tantas delicias. Y así, poco a poco, el bosque exhala sus últimos suspiros antes de rendirse, cansado y lento, ante el sueño reparador de un invierno que aún hoy se antoja imposible.

Ahora el bosque respira y absorbe sus hojas, en un ejemplo emocionante de reaprovechamiento. El bosque se come a sí mismo y torna su mirada hacia adentro, a su alma desnudada por el viento. Y así el péndulo eterno del tiempo retorna al inicio. Es momento de alimentar a la Tierra con el sol atesorado por la hojarasca; es el instante en el que, como se consagró en el eterno pacto del Mundo, el hijo vuelve a la madre. Y descansa.

Juan Goñi

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