Chochín - Txepetxa.

Comienza otro día de un marzo agónico. En la leve claridad de la aurora adivino el monte abrazado por las nubes bajas,  como una bufanda que le abriga el cuello. Su cima despunta contra el gris azulado del cielo que, remiso, va dejando se conquistar por el amanecer. Se cocina el día a fuego lento y cambia de color a cada instante.

Recorro mis paisajes que dormitan todavía, arrullados por los trinos de mis amigas más madrugadoras. A estas horas no hay ruidos todavía, solo música limpia. Solo la algarabía de las aves que se buscan, que  celebran el día que nace, como llevan haciéndolo millones de días, sin cansarse, sin repetirse, sin aburrirme. No me sacio de sus gorjeos. No concibo un amanecer sin sus arrullos. La sinfonía armónica de su diana estrepitosa, el galimatías matutino del desorden perfecto e íntegro me alinea con el Mundo. El alba es el imperio de las aves. Imperio tan desarmado, tan  pacífico, tan afable, tan manso… impero firme de dulces bendiciones. Me dan ganas de unirme al batiburrillo, de participar en la conversación, pero me limito a escuchar, a diseccionar el caos y fijarme en los solistas. 

Mirlos, al menos seis, zorzales, al menos tres, chochines, otros tres. Ahora el colirrojo, solista que roza ásperamente su garganta con la atmósfera que clarea. Y el carbonero que proporciona la base rítmica; y el agateador, y el reyezuelo, por las alturas agudas de los árboles desnudos. Y la lavandera presumida. Y el trepador azul que tuitea por entre las ramas. Ahora las cornejas, altaneras, descaradas. Y el crepitar de ese fuego fatuo que llevan los petirrojos en la garganta. Los humildes gorriones que revuelan entre las tejas del viejo caserío. Un arrendajo y su graznido garrulo cruzan la transparencia del paisaje, y su retrato amanece en mis meninges. Un grupito de jilgueros… ¡qué dulce su llamada! Y allí, el ir y venir del mosquitero que siempre me recuerda a una cuna que se mece (chip, chop, chip, chop, chip, chop…).  Y la catarata musical del pinzón. Un milano planea contra el cielo, silencioso, no sé si oyente, como yo, o director taciturno de tan basta orquesta. Y el relincho del pito real, y el tableteo de pico picapinos, y el alarido sorpresivo de una garza que se va. El verdecillo que parece que fríe un huevo en sus siringes. Y el rio, que bufa monocorde. Y las campanas que de pronto sobresaltan sin molestar.  Todos ellos a la vez, en un desbarajuste maravilloso, en una anarquía emocionante. Un auténtico desgobierno de arte por doquier, una delicia gratuita, un regocijo jubiloso, una alegría incontenible. Ellas son la voz del Mundo dichoso. Mi Universo se armoniza ante su ante su poesía. El Mundo concuerda, y rima, y se enlaza, y se reconcilia.

Qué decirte… ¿qué más decirte? ¿Desde cuándo no escuchas un amanecer intacto? ¿Incorrupto? Cada vez hay que irse más lejos para recibirlo como se merece.

Ya ha amanecido definitivamente. Ya he desayunado alboradas luminosas. Alimentada mi alma hasta saciarse, encendidos mis oídos, clareadas mis pupilas, coloreados los tímpanos de mil aromas, encaro el día cuando el paisaje canta. Y me voy volviendo mientras silbo un nosequé emocionado. Todavía me estremece la aurora y su eufonía. Todavía soy yo.

Juan Goñi

La foto, de un chochín (txepetxa), es de mi amigo Javier Aizcorbe, al que por desgracia hace tiempo que no veo. Aun así sigo sus andanzas en su magnífico blog ·El oteadero de Javi" (http://eloteaderodejavi.blogspot.com.es/), blog que te recomiendo vívamente. 

¡¡¡¡Un fuerte abrazo, amigo Javi!!!!

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