Su pequeño pecho desnudo



Foto: Valle de Baztan desde el Castillo de Amaiur.
 
Retomé hace unos días el contacto con Lourdes, hacía años que no nos veíamos.

Hoy he ido a visitarla a su pueblo, he saludado a Carlos, su marido y he conocido a sus cuatro hijos. Después hemos ido a dar un paseo. Nos ha acompañado Iker, que a sus cinco años está hecho un hombrecito, y su cabrita Beltxa, que quedó huérfana muy temprano y ahora sigue al chaval a todos lados. También nos acompaña Urko, que con solo tres meses cuelga dormitando de una mochila que su madre acarrea junto a su pecho. Hemos subido al pequeño montículo por un senderillo abigarrado de zarzas, a la sombra de unos hermosos robles desnudos. La cabritilla mordisquea las matas del camino, Iker tira piedras aquí y allí, y rebusca palos en el suelo.

Lourdes ha adelgazado mucho, sus manos, como su cuerpo, fibrosas y fuertes, acostumbradas al trabajo, su cabello rubio se va tornando cano aquí y allí, sus pasos seguros y rápidos.

Desde arriba el paisaje es fascinante, los prados verdes salpicados de ovejas, los innumerables riachuelos que remolonean entre los pastos, ahora escondidos tras unos alisos, ahora cruzando aquel puente, ahora uniéndose entre sí, formando uno más grande. Los caseríos incontables, todos con su tejado rojo, todos con su pequeño sendero hasta la puerta que adivino de roble, todos con su trocito de huerta, y su chimenea que escupe despacio un humo muy blanco. Pasa la tarde despacio, y mis ojos se van acostumbrando a la luz de este atardecer hermoso y calmo. Nos sentamos en una gran piedra que corona la loma.

.- Lo de Madrid fue demasiado para mi, y también para Carlos. Después de aquello estuvimos seis meses separados. Ya sabes, el estrés, la mala leche general, las muchas horas de curro, los atascos… cada vez que me acuerdo me pongo mala. – Me dice mirando al horizonte, como excusándose.

Urko empieza a sollozar. Lourdes lo saca de la mochila y con gestos rápidos y seguros que denotan experiencia, lo coloca junto a su pecho. Amamanta a su hijo delicadamente, una de sus manos lo sujeta fuerte pero cálidamente: “Urko, maitia, lasai” susurra dulcemente.

.- Ahora Carlos está muy bien, ya se va acostumbrando al pueblo, yo creo que esta mejor que nunca. Y tú… ¿Cómo estás?

.- Mejorando, Lourdes, mejorando. – Contesto dubitativo, como una promesa que me hago a mí mismo.

Sus ojos de un color azul grisáceo, que se esconden tras unos párpados casi entornados, se pierden en el horizonte. Solo se oye a Urko, que entre hipos y ronroneos mama del pecho de su madre, esos sonidos se me antojan besos. Un zorzal, a lo lejos, clama al cielo sus amores con su canto limpio y diáfano.

.- ¿Y qué me dices de ti? ¿Eres feliz? – Pregunto sin mirarla.

Pasan los segundos en silencio, con los besos de Urko como paisaje, mis ojos y los sujos disueltos en el ocaso ardiente.

.- En aquel caserío nací yo. – Me contesta, como sin venir a cuento.

Entonces me doy cuenta que no habla conmigo, habla con Urko, que poco a poco se duerme, seguro, cálido, satisfecho, besando su pequeño pecho desnudo.

Juan Goñi

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