Cuando todo se mueve, el paisaje permanece inmóvil.




El sol se colaba inopinadamente hasta el agua del riachuelo, que discurría tranquilo entre fresnos y alisos. Insectos de todos los tamaños se arrimaban a la luz, y en el contraluz sus siluetas brillaban y resplandecían como gotas de plata. El murmullo de las aguas era calmo, hipnótico, sugerentemente silencioso. Me despojé de las botas y cauteloso, sumergí mis pies en al agua helada. La sensación de frío se hacía más vehemente, quizá por el calor reinante. De pronto un chapoteo, y el espejo de agua se rompía en mil pedazos, dispersando millones de reflejos de un sol de atardecida entre la verde oscuridad en la que descansaba. ¿Un pez? Probablemente. Una roja mariquita se posó levemente sobre mi mano, que reposaba en una piedra cubierta de un musgo fresco y verde. Algunos insectos sin nombre zumbaban a mí alrededor, ahora suavemente, ahora de forma violenta y desvergonzada. Pese a que no hay nada quieto en el paisaje, la sensación de quietud es infinita. Se contagia el sosiego del agua, se contagia la tranquilidad que traspiran los fresnos, se contagia la sombra verde en la que me zambullo. Un martín pescador cruza ante mi mirada, rayo de fulgor azul, iridiscente flecha volante, al ras de la superficie quieta del agua, y pese a la velocidad con la que vuela, en absoluto rompe la serenidad que se respira en el ambiente. En lo alto de la cúpula arbórea que cobija el rio se escuchan murmullos de hojas que se mueven, conversaciones entre los árboles que me rodean. Esto es real, porque lo veo. Esta serenidad es cierta, porque la siento. El rio, los árboles, los insectos que perlan de reflejos la transparencia de la tarde, y el tiempo que solo se mide por la tranquilidad en el discurrir del agua, esto es la realidad en mi conciencia, y ninguna otra; aquí y ahora, para siempre en el presente.
 
En estos días convulsos, de indignación y rabia, de desfachatez y ruina, de miseria moral en una sociedad abatida y triste, me gustaría compartir contigo esta imagen de esperanza. La verdad es esta que te cuento, no dejes que te engañen. Tu felicidad, afortunadamente, no depende de ellos, depende de ti, no lo olvides. A veces cuesta esfuerzo creer lo que se ve, hasta ahí han llegado sus odiosas mentiras.

Juan Goñi

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