La mirada del Hombre Bueno.


Pese a que no hace mucho que amaneció, Andoni ya lleva levantado un buen rato. En el caserío huele a ganado y a hierba. Andoni ordeña las ovejas despacio, con cuidado, suavemente, mientras les susurra dulces palabras en euskera. Él dice que las ovejas se relajan si él les habla mansamente, y yo estoy seguro de ello. Andoni cojea de las dos piernas, si es que eso es posible, porque tiene las rodillas “hechas polvo”, y su cuerpo entero se balancea cuando camina despacio. Andoni lleva pocas semanas viudo, su esposa nos dejó de repente, una gélida y gris mañana de marzo. Todavía lo recuerdo, saliendo de la iglesia el día de funeral, con las cenizas de su mujer entre las manos, balanceando su cuerpo de un lado al otro, dolorida el alma, cristalizados sus ojos entre lágrimas contenidas. Pese a todo nunca dejó de sonreír al saludar a todo el mundo. Sonreía mientras nos abrazábamos aquella tarde gris, mientras agradecía mi pésame, y sonríe esta mañana cuando me ve llegar por el sendero.
.- Aspaldiko!
Siempre nos saludamos así, aunque nos hayamos visto el día anterior.
Andoni solo se pone serio cuando le toca matar los corderos. Me cuenta que pese a que ha tenido que matar miles de corderos (vive de ello), aún se le pone un nudo en la garganta cada vez que coge el cuchillo. Y yo se que dice la verdad, pues lo he visto en la faena, serio y apagado.
A veces viene Andoni a mi casa, los domingos, y se sienta conmigo a ver el partido de pelota. Nos tomamos un café con un poquito de coñac, o una cerveza si hace calor. Asiente a mis comentarios escasos, asiente ante las jugadas bonitas, siempre de acuerdo y levemente sonriente. Tras años de conocerlo, he descubierto que asiente a la vida, a sus golpes y a sus caricias, a sus hachazos y a sus fiestas. Siempre me arrancan una sonrisa sus ojos sinceros, de buena gente, de buen hombre. El no sabe muchas cosas, pero sabe cómo poner al mal tiempo buena cara, y eso, quizá, es lo más difícil de aprender. Al terminar el partido, Andoni se despide; como él dice, tiene que cuidar “la fauna”. Así se refiere a sus ovejas, a sus pocas cabras y a sus cerdos. Y se monta en su blanca camioneta desvencijada, y despacio se pierde entre el sendero que lleva a su aislado caserío.
Y yo me quedo con su leve sonrisa y sus ojos sinceros. Con esa mirada limpia de buen hombre, de hombre bueno, que de vez en cuando descubres entre las gentes de mi Navarra, en las gentes de Ribaforada o de Alsasua, entre los labradores de Artajona o de Lodosa, en un pastor de Urbasa o en aquel abuelico que acompaña a su nieto al “cole” en Tafalla.
Charlamos un rato entre ovejas, ante la mirada falsamente fiera de Beltxa, su perrico pastor. Me dice que va superando el trago, pero sus ojos dicen otra cosa. Me promete un poco de fiemo para mi huerta, y me pregunta por mi familia. Me gustaría abrazarlo fuerte, pero no me atrevo. Y tras un “Ikusi arte” me alejo del caserío, y me llevo de nuevo una lección vital: su asentimiento ante la Vida, y su sonrisa leve; sus ojos sinceros y su mirada de buen hombre. Vuelvo mi mirada hacia atrás y me paro a observar el paisaje, y lo veo, balanceando su cuerpo entero mientras acarrea el pote de la leche recién ordeñada, seguido de cerca por Beltxa, que mueve la cola feliz y campante.

Juan Goñi

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