Sotero y Jeanne.


Hacía mucho tiempo que no subía ver a Sotero y a Jeanne a la casita del bosque. Allí los encontré, como siempre, con su perra Txispa y su gatico Mizi, con su lozana huertica ordenada, limpia y bien cuidada, con su felicidad solitaria, sincera y radical. Me recibieron, como siempre, con profusos y cálidos saludos, desbordantes y emocionados.


Parte 1. Sotero.
Sotero tendrá cerca de noventa años. Su historia, como todas las historias de la gente de verdad, es reconfortante, edificante, alentadora.
Nació en un pequeño pueblecito de Palencia, hijo único de una humilde costurera y de un militante izquierdista que fue fusilado por los fascistas a principios del treinta y nueve. Aquel día, con solo dieciséis años Sotero se alistó en las mermadas fuerzas de la República, en una guerra que ya todos daban por perdida. Participó en las últimas batallas de Cataluña, donde un mal balazo le destrozó la pierna. En un sucio hospital de Barcelona vivió la toma de la ciudad por las fuerzas fascistas, y la posterior capitulación del bando republicano. Postrado en aquella cama, sin posibilidad de lucha o de evasión, fue detenido por los esbirros de Franco, y cuando pudo mantenerse en pie fue juzgado y condenado a muerte. En un campo de concentración masificado, inhumano y escabroso esperó el fusilamiento con la cabeza alta y la dignidad intacta. En el último momento su pena fue conmutada por la de “trabajos forzados” y fue trasladado al Pirineo navarro donde varios miles de presos como él construyeron, kilómetro tras kilómetro, carreteras de asfalto y sangre. Sotero, inusitadamente, soportó aquella esclavitud con integridad y salud sorprendente. En el verano del cuarenta y cuatro participó en la construcción de las defensas y bunkers que Franco construyó a toda prisa, temiendo la invasión aliada, en Gorramendi y Aritzakun, y allí conoció a Jeanne.
Jeanne, o Juana, como siempre le llama Sotero, llevaba a pastar a las vacas de su familia a los altos en el estío, siendo solo una niña. Aquel año, entre asustada y curiosa, vio a aquellos trabajadores andrajosos y escuálidos que cavaban sin cesar zanjas y agujeros allí cerca, al otro lado de las mugas. Pero sus ojos rápidamente se clavaron en aquel hombre de ojos negros y luminosos que la miraba sonriente cada mañana, un hombretón de tez oscura y de cabellos negros como las noches del invierno. El sargento Contreras, el guardia civil que vigilaba el batallón, hacía la vista gorda cuando Jeanne le acercaba un poco de pan con queso, un pequeño kaiku de cuajada o una simple escudilla de agua fresca.
.- Contreras era un pedazo de pan, - me contaba Sotero – pero no veas la cara de cabrón que tenía.
Jeanne me contó que siempre se sorprendía de los intachables modales de Sotero al comer aquellas escasas viandas, y de cómo compartía la mayor parte de ellas con sus compañeros de desgracias.
Después de ocho largos años de esclavitud, Sotero fue puesto en libertad y regresó a sus tierras palentinas, pero allí encontró odios y desprecio, y un pueblo subyugado bajo la bota del señor Pascual, hacendado fascista, afecto al régimen y sonriente cómplice de asesinatos y torturas. Se enteró que su madre había muerto años atrás, y tras visitar el cementerio y rezar una torpe plegaria, limpió de hierbajos la humilde sepultura, depositó un pequeño ramillete de malvas junto a la lápida, y abandonó el pequeño pueblo esa misma tarde, caminando, sin volver la vista atrás, para no regresar jamás. Nadie supo decirle dónde estaban los restos de su padre, así que se detuvo en última loma desde la que se divisaba el pueblo, y allí, mirando al horizonte, rezó la misma torpe plegaria, esta vez dedicada a su padre, que, con seguridad, estaba enterrado en algún rincón de aquella vasta extensión de tierras que se abrían ante sus ojos emocionados. Después permaneció largo rato con la mirada fija en el atardecer, y finalmente, limpiando sus ojos húmedos con la manga de la desgastada camisa, apartó la vista de los paisajes de su infancia y se alejó, silbando una vieja canción de amor.


Pasó varias semanas caminando sin un destino claro. Pero finalmente sus pasos le acercaron a aquella moza que le había robado el corazón, a aquellas montañas verdes que siempre le devolvieron la sonrisa. Dejó por el camino odios y deseos de venganza, en cada paso, en cada metro de aquella penitencia íntima y autoimpuesta. En las aldeas por las que pasó las buenas gentes le alimentaban o le daban un trabajo de unas semanas, y de esta manera fue dejando atrás las inmensas llanuras su Castilla natal. El polvo bajo sus alpargatas se tornó suavemente en hierba fresca, y las planicies mudaron en montañas en el fondo sus ojos negros. Llegó a los altos de Gorramendi un precioso atardecer bien entrado el otoño, entre hayas ocres y verdes helechales, y las imponentes montañas le devolvieron la sonrisa, como siempre hicieron. Se hizo una pequeña chabola bajo un tupido bosque de impresionantes robles, a la orilla de la regata de Urritzate, en un lugar donde la frontera estaba tan desdibujada que nadie osó molestarle durante años. Y allí, poco a poco, fue forjando una vida sencilla y tan pura como su mirada. Tardó bastante en reencontrarse con Juana. Sotero la encontró una tarde primaveral de febrero en la plaza de Bidarrai, un precioso pueblo vascofrancés donde ella vivía con su familia durante el largo invierno montañés. Tras el desconcierto inicial, los dos se fundieron en un cálido abrazo. Juana me confesó una tarde que lo único que recuerda de aquel reencuentro fueron aquellas llanas y sinceras palabras de Sotero:
.- Juanica mía, he venido a buscarte.
Continuará.
Juan Goñi

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