Leurtza, la Belleza emocionada.



 Leurtza. Junio de 2013.

Las aguas cantarinas del riachuelo se transmutan en espejo del alma del cielo, mientras se acuestan en el lago. Las hayas, globosas, suaves, poderosas, se reflejan en las orillas, desdibujando los contornos; uno ya no sabe dónde termina el agua y dónde empieza el prado y el bosque. El paisaje juega a cambiarse el ropaje a cada instante; se transforman los colores y las texturas, y el todo se convierte en parte. Los reflejos van y vienen, corretean por la superficie del agua, o escalan sin esfuerzo por la cúpula de los árboles gigantescos. La lluvia es suave, casi una caricia líquida. El zorzal canta oculto en la inmensidad, y decora esta acuarela con sonidos misteriosos. Nada parece moverse entre este juego de luces, nada. La pasión apaciguada del verde por doquier, las suaves goteras que caen del árbol que me cubre, el rumor de un arroyo cubierto de musgo que quedamente se sumerge en la tierra… todo parece arrullar suavemente a la Eternidad.

No entiende de brusquedades ni de violencias este paisaje. Pacíficamente se degusta con los ojos, silenciosamente se posa en los oídos, manso en el olfato, dulce al tacto de la mirada sorprendida.
Emoción ante el sentimiento de cálido y apacible aburrimiento, ante un Mundo reposado, por el que pasea la Paz en forma de verde inmensidad inmóvil. 

 Allí, a lo lejos la eternidad parece preocupada y febril. Aquí el tiempo deambula parsimoniosamente y se detiene ante el espectáculo de una brizna de hierba, se coagula ante el canto de un ave escondida, se diluye como las nubes que lavan el paisaje con su aliento de líquida pureza.

Aquí nadie se engaña porque nadie miente. Aquí no hay propaganda de nada, porque nada se vende ni se compra. Aquí cada alma coge lo que necesita, besando con los ojos el sereno espectáculo de un Mundo que se aplaca ante la Belleza mansa, emocionada y emocionante. Y nada más.

Juan Goñi

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