Hoy hace 34 años.

Una noche como esta, más o menos a esta hora, pero hace treinta y cuatro años, mi padre sufrió un ictus fulminante. Dormíamos juntos aquella noche. Horas después murió. Yo tenía trece, y él cuarenta y tres.

Y hoy no duermo porque los recuerdos, como moscas, no me dejan olvidar. Se me posan en la piel de gallina y en los oídos, en los cabellos erizados y en el corazón revuelto. Y voy y vuelvo por estos treinta y cuatro años; y por aquellos trece. Y me detengo en aquella noche, la última de San Fermín de aquel 1981, nuestra última noche. Y las cuentas me salen, porque las matemáticas no mienten. Pero los números no responden si les preguntas cuánto pesa un recuerdo, cuánto mide el llanto, qué volumen ocupa la pena en el corazón de un niño sin padre. Los números no saben. Y yo tampoco.

Allí nos quedamos los cuatro. Mis hermanos, mi madre y yo. Sin saber contar, sin saber medir, sin saber sopesar. Viendo la vida venir.

Aún soy un enano, papá, bajo tu sombra protectora. Aún me voy contigo a veces a ver los barcos a Montjuïc. Aún viajo a menudo en tu Renault 12 blanco, mirándote de reojo, mirándonos de reojo por el retrovisor del tiempo. Aún conservo tu olor, y tus manos, y tu mirada profundamente anclados en la última playa de mis mil mares revueltos.

Solo un abrazo. Con eso aguantaría otros treinta y cuatro. Hoy, solo un abrazo. Un abrazo de mi padre. De mi padre más joven que yo. Aquel que se hacía enano para jugar conmigo al balón. Aquel gigante en mis recuerdos, fuerte y protector. Solo un abrazo para saber por dónde se vuelve a aquella fatídica noche de julio de 1981.

Se me quedaron tantas cosas en el tintero, papá… tantas cosas…

Yo le llamaba “papi”. Y a él le hacía mucha gracia, y por eso siempre me respondía:
“¿Qué quieres, “hiji”?
Un abrazo, papi. Hoy solo un abrazo.

¿Sabes cuánto ocupa un océano de ausencias?
Yo aún no.

Ya se ha hecho de día. Como aquella mañana en la que ya no estabas en casa. Aquella mañana, la primera que amanecí sin ti. Hace treinta y cuatro años. Justo ahora.

Juan Goñi.


"Yo soy tu sangre, mi viejo
yo soy tu silencio y tu tiempo».
Fragmento de la canción "Mi viejo".

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