El asfódelo o gamón. La flor de Perséfone.




Asfódelo y haya muerta. 
Quizá son Perséfone y Hades en las soledades de Bertiz.
 
Cuenta la leyenda que hubo un año en el que la primavera dejó de ser eterna. La diosa Deméter lo impidió. Estaba agotada de buscar a su hija por todos los confines del mundo. Aquel año ni una mísera briza de hierba brotó. Y tampoco hubo flores, ni frutos con los que saciar el hambre de los hombres o de los animales. Ni siquiera en la más atroz de las guerras se había vivido una situación tan horrenda. 

Deméter fue a ver a Helios, el Sol, que desde su altura todo lo ve. Y éste le contó a la diosa que su hija había sido raptada por Hades, el dios de los muertos. Una soleada mañana en la Kore se ufanaba en recoger flores del campo acompañada de las ninfas, la tierra se abrió. De ella surgió Hades, montado en su carro tirado por dos caballos negros como el azabache. Hades raptó a Kore y la hizo su esposa y así la convirtió en Perséfone, la Reina de los muertos.

Deméter descargó su ira contra las ninfas por no haber impedido el rapto, y las desfiguró convirtiéndolas en horribles sirenas. La Humanidad moría de hambre en aquel tiempo sin primavera. Ante la catastrófica situación tuvo que intervenir Zeus, que tras muchas negociaciones consiguió convencer a su hermano Hades de que soltara a Perséfone. Pero el infame Hades planeó un maléfico ardid: hizo comer a Perséfone seis semillas de granada, por lo que Perséfone tendría que volver al inframundo un mes por cada semilla ingerida.

Desde ese momento la primavera no es eterna. Se reduce solo a los meses en los que Deméter y Perséfone se reúnen. Al comienzo del otoño, la bella Reina de los Muertos debe regresar a su reino junto a Hades. Tras tantas primaveras pasadas nunca he logrado ver a Perséfone por mis bosques…. Me pasa como a Odiseo, que tampoco logro verla cuando bajó al Mundo de los Muertos. Pero si pudo sentir su presencia. Como me pasa a mí: ¡sentir su presencia! Exactamente eso.
Fue precisamente en los prados de asfódelos, la primera planicie que encuentran las almas difuntas tras lograr atravesar el río Aqueronte o la laguna Estigia, donde Odiseo se reencontró con sus antiguos compañeros de batallas. Entre las inconfundibles, fantasmagóricas y bellas flores pálidas de esta planta, vagan eternamente las almas de la gente corriente y común. De los que no han sido juzgados ni como bondadosos ni como malvados. El héroe griego tuvo ocasión de consolar a Aquiles, tratar de reconciliarse con Ajax y ver al gigante Orión persiguiendo a las fieras que había matado en vida. En mitad de ese campo de asfódelos también se sitúa el palacio de Hades. Y durante los esponsales con Hades, tan solo las flores de los asfódelos mitigaron la desazón de Perséfone. Desde aquel aciago día, donde está ella, están los asfódelos.

Por ello, la presencia intangible de Perséfone entre nosotros, e incluso el momento exacto de su llegada a nuestro mundo, puede detectarse a poco que nos fijemos en el paisaje. Cada año, en lo más duro del invierno, los campos ven surgir de las entrañas de la tierra las inconfundibles hojas verdes y acintadas de los asfódelos: la flor favorita de Perséfone. Porque las hojas no brotan plácidamente: resquebrajan y rasgan la superficie de la tierra para emerger lenta, pero violentamente, llevándose por delante hasta las piedras que encuentran a su paso. Salen desde el mismísimo inframundo. Y es que los asfódelos son los heraldos de Perséfone en la tierra, cuando regrese a nuestro mundo durante la plácida estación primaveral.

Un halo de misterio rodea todo lo que tiene que ver con esta planta. Sus hojas verdes aparecen tanto en las planicies resecas por el sol, como en las zonas más oscuras donde casi no llega la luz. No hay herbívoro que se atreva a comerla. Acaso algún gazapo, tal vez un lebrato, le dará algunos mordiscos, pero lo indigesto de la planta quedará indeleble en la memoria del animal para el resto de su vida, y jamás volverá a acercarse a ella. Al poco de que el fuego haya consumido los montes, los asfódelos rebrotan en mayor número y con más brío, entre lo calcinado del resto de vegetación. Ni siquiera entonces el ganado le acercará el diente.

Los asfódelos se plantaban al lado de las tumbas, con la finalidad de que los fallecidos tuvieran alimento durante su tránsito. Pero esta planta también quitó el hambre de los vivos. Teofrasto afirmaba que numerosas partes de la planta son comestibles: el tallo o escapo frito, las semillas asadas y sobre todo los referidos tubérculos cortados, cocidos y mezclados con higos. En épocas de carestía en nuestra tierra, algunas de ellas relativamente recientes, volvieron a ser consumidas estas estructuras subterráneas, o sirvieron ocasionalmente para alimentar a animales domésticos como los cerdos.

Cuando Perséfone se reencuentra con su madre, los asfódelos florecen por doquier, con sus inconfundibles flores pálidas y estrelladas. Surgen agrupadas en el ápice del tallo o escapo, que se ha elevado más de un metro sobre la roseta basal de hojas. No hay planta, de las muchas de nuestros campos, que ofrezca semejante aspecto, entre irreal y onírico. Muchos vieron en estas varas el cetro simbólico de Perséfone y Hades, reyes del inframundo. Incluso parece que el nombre “asphodelus” con el que lo designaban los antiguos griegos procede precisamente de la palabra griega para cetro.
Al final del verano los asfódelos van marchitándose poco a poco. Las robustas hojas siempre verdes se han resecado y desaparecido; los tallos floríferos secos yacen tronchados por el viento o la mano de un niño; los esféricos frutos se han abierto para liberar las semillas, que volverán a lo más profundo de la tierra. Y es que el tiempo se le agota a Perséfone, que también deberá regresar al reino de Hades, dejando entristecida, una vez más, a su madre. En ese momento, los asfódelos se ausentarán totalmente sin dejar rastro alguno...

En definitiva, el mito del ocaso y renacimiento de la naturaleza, ligado de por vida a una de las plantas más evocadoras de la flora ibérica. Historias, leyendas, etimologías que hunden sus raíces en la noche de los tiempos y que en la Península Ibérica ha mantenido el bello término gamón (desaparecido del resto de Europa), con el que también se conoce al asfódelo en nuestra zona. Gamón que deriva del griego gamos, “matrimonio, unión íntima”, y que nos remite, de nuevo, a Perséfone y su eterno ciclo de vida y muerte.

En la mañanas brumosas de abril los claros del bosque se llenan de asfódelos, y entonces creo presentir la presencia de Perséfone entre las hayas. Y mi imaginación aguarda a que de un momento a otro aparezca, de entre las leves nieblas de abril, el gigante Orión, persiguiendo eternamente a los ciervos. 

Juan Goñi

0 comentarios:

Publicar un comentario