Mattin, el joaldun del Mendaur.


En las faldas del Mendaur, en el valle navarro de Malerreka, hace ya muchos años que vivía un pastor fuerte como un gigante. Aunque su nombre era Mattin, muchos le llamaban “San Martinico” (1), porque era manso de carácter y afable en trato. Algunos decían que era hijo del mismísimo Basajaun, el Señor del Bosque. Elaboraba sus quesos en una cueva limpia y bien cuidada, donde también vivía, junto a un arroyuelo que atravesaba un hermoso prado en medio del cual se levantaba el mayor roble de la comarca. Los quesos de Mattin eran sencillamente deliciosos y por ello, siempre que podían, los vecinos del valle subían hasta el prado del roble a adquirir alguno de ellos a cambio de unas zapiñas (2), unas botellas de vino o algún otro objeto que Mattin pudiese necesitar.

 Monte Mendaur desde Gaztelu (Navarra)

Cada día, al despuntar el alba, Mattin ordeñaba sus ovejas con ternura, mientras les susurraba palabras dulces o les cantaba viejas canciones en euskera. El amor que sentía por sus animales solo era superado por el amor que profesaba a Amalur (3), a sus bosques, a sus cumbres, a sus regatos, y a todas las criaturas con los que La Dama bendijo a estas tierras. Después las ovejas salían a pastar, y él recogía cuidadosamente la miel de un panal que se escondía entre los nudos del viejo roble, o reunía moras, frambuesas, arándanos, nueces o castañas, alimentos que nunca faltaban y con los que redondeaba su dieta, basada en los productos de una pequeña huerta que cuidaba con cariño y diligencia.


En el ocaso, justo cuando Eguzki (4) desaparecía tras el horizonte, Mattin golpeaba fuerte un gran cencerro que había colgado en una de las ramas del roble. Era su manera de agradecer a La Madre todas las dichas con las que Ella había bendecido a la Tierra durante el día que en ese momento acababa. Por esa razón los vecinos de los pueblos cercanos le empezaron a llamar “Mattin el Joaldun”, aquel que tañe el cencerro. 
Una dulce tarde de abril Amalur recorría sus dominios en su carro tirado por dos pottokas aladas cuando descubrió a Mattin sesteando bajo el enorme roble y se acercó cautelosa hasta él. En ese momento Mattin despertó sobresaltado, y al ver a La Dama, se postró humildemente ante ella. Amalur lo cogió de los hombros, le hizo levantarse y le dijo:

 Pottoka

.- Joaldun, por el amor que me profesas y por tu bondad, he decidido concederte un deseo. Piénsalo, Mattin, y dime: ¿Qué deseas?
Mattin, azorado, acomodó su chaleco de piel de oveja y dijo:
.- Señora, solo soy un humilde siervo tuyo. No soy digno de desear nada más que lo que ya me das: los amaneceres rojos, los trinos de tus hijas las aves, la luz de Ilargi (5) que me ilumina durante las noches oscuras… ¡son tantas y tantas bendiciones con las que me regalas cada día! Solo deseo poder servirte y complacerte en tus deseos. Ordena y obedeceré con gusto. Ese es mi deseo.
Amalur, al ver tanto amor y tanto respeto en la actitud de Mattin, pensó durante unos segundos y dijo:
.- Deseo, hijo mío, que desde ahora anuncies cada año la Primavera a los habitantes de mi amada Tierra, y de esta manera nadie te olvidará y siempre estarás presente en las celebraciones de mis hijos. Tú nunca morirás, serás venerado por tus hermanos y tu anuncio será el despertar para todas las criaturas que tanto amas.
Y dicho esto, Amalur regaló a Joaldun un gorro cónico con cintas de todos los colores de la Naturaleza. Coronaba este gorro un ramillete de plumas de gallo, en representación de todas las aves, hijas de La Dama. Además le concedió un cuerno que representaría a los animales que corren y pastan. Finalmente le entregó un hisopo con crines de caballo, con el que bendecir los prados, las montañas, los ríos y los bosques.

.- Esta es mi voluntad, Joaldun, y este será mi mandamiento hasta el fin de los tiempos.
Y dicho esto, Amalur subió a su carruaje y dirigió unas suaves palabras a sus pottokas, que alzaron el vuelo desapareciendo tras las nubes blancas que cubrían las cumbres del Mendaur.

Joaldunak de Ituren.

Desde entonces por estas fechas el atronador sonido de los cencerros rasgan la atmósfera en los valles tranquilos de la NavarraVerde, y sus ecos traspasan fronteras y alcanzan los más lejanos rincones del Mundo. Desde entonces los joaldunak despiertan a la Tierra y a sus criaturas del sopor del invierno, y llaman a la primavera con su ritmo telúrico, prodigando bendiciones con sus hisopos, tañendo su cuerno al viento, festejando que los días más oscuros, por fin, han pasado.

Juan Goñi
1.- San Martinico, personaje mitológico vasco.
2.- Zapiñas: Calcetines gruesos de lana.
3.- Amalur o Amalurra (Madre Tierra), es la figura principal de la mitología de Euskalherria. La encontramos también con muchos otros nombres, como Mari, “La Dama de Amboto”,“La Dama”, “La Señora”, “Maddi”, “La Madre” etc.
4.- Eguzki es la deidad femenina del Sol. Hija de Mari y hermana de Ilargi. Recorre los cielos cada día en un carruaje tirado por dos pottokas aladas.
5.- Ilargi (la Luz de los Muertos) es la deidad femenina de la Luna. Hija de Mari y hermana de Eguzki.

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