Hijo de los Árboles



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Los griegos, hace ahora más de dos mil quinientos años, dieron en el clavo. Ellos consideraban que cuatro elementos constituían el principio de todas las cosas. Utilizaban la palabra “arché”: fuente, principio, origen. Eran el agua, el fuego, la tierra y el aire. Otras culturas alrededor del mundo llegaron a la misma conclusión: chinos, japoneses, babilónicos, indios… aunque algunas de esas civilizaciones añadieron un quinto elemento: el vacío, o el éter, elemento incorruptible del que estaban formadas las estrellas y llenaba el Universo.

Los árboles funden en su alma estos cuatro elementos para forjar la vida. Para llevar a término su vida vegetativa las plantas requieren agua, más de veinte elementos que en forma mineral absorben desde la tierra, CO2 que toman del aire y fuego en forma de luz solar. Y con estos cuatro elementos, las plantas se encargan de transformar la energía lumínica de los fotones procedentes del Sol en energía química, en concreto en adenosín trifosfato, ATP (C10H16N5O13P), un nucleótido fundamental en la obtención de la energía celular; fundamental por ejemplo para mis neuronas, que me permiten escribir esto, o para las tuyas, que te permiten leerlo. La Vida en nuestro planeta se mantiene fundamentalmente por la fotosíntesis que realizan las algas en los océanos y las plantas en la tierra. Cien mil millones (100.000.000.000) de toneladas de carbono son fijadas anualmente por los organismos fotosintetizadores; el 10% de todo el dióxido de todo carbono atmosférico de la Tierra es transformado en carbohidratos y por lo tanto, en alimento para la Vida. Y llevan haciéndolo desde al menos 3.400 millones de años (*). Sin pedir nada a cambio… salvo quizá un poco de respeto. 



Agua, fuego, tierra y aire no son nada sin la magia química y energética de las plantas. En la fórmula de la vida y de la realidad que los griegos, indios, chinos o babilonios descubrieron siempre faltó un sumando, los árboles, que son el quinto elemento, la quintaesencia de la realidad que nos rodea. Será por ello que se me escapa el alma tras sus ramas, que se me enraíza la mirada en sus formas, que añoro acariciar los enigmáticos garabatos que adornan su corteza. Será por eso que las aves los arrullan con sus cantos, los miman con sus arrumacos alados, que los ornamentan con sus colores. Será por ello que enmudezco ante su presencia, y me declaro, sin dudarlo, humilde Hijo de los Árboles, y por lo tanto, Hermano de Todo lo Vivo.

Juan Goñi

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